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Cd. México, Miércoles/29/07/2026

>> Crónica de un mexicano que conoció por dentro las habitaciones del antiguo régimen, participó en la construcción de las reglas que abrieron las puertas de la competencia democrática, condujo al PRI cuando por primera vez descubrió que ya no podía decidir solo en la Cámara de Diputados, abandonó después el partido donde había transcurrido buena parte de su vida y terminó gobernando Tabasco desde la oposición; pero también retrato del hombre detrás de los cargos, dueño de una memoria extraordinaria, una conversación capaz de derrotar al reloj, un humor que sobrevivió a la solemnidad del poder y una manera de ejercer el liderazgo basada menos en ocupar todos los espacios que en saber reconocer el talento de quienes estaban sentados a su lado.

ANTES DE QUE LAS URNAS DEJARAN DE OBEDECER

*CUANDO PERDER TODAVÍA PARECÍA IMPOSIBLE

México llegó a acostumbrarse tanto a la permanencia que terminó confundiéndola con el destino. Durante décadas cambiaron los presidentes, envejecieron los generales de la Revolución, desaparecieron los grandes caciques, crecieron ciudades donde antes terminaban los caminos y varias generaciones de mexicanos nacieron, votaron, tuvieron hijos y envejecieron sin conocer a un presidente surgido de un partido distinto al PRI. El país se transformaba a una velocidad extraordinaria, pero cada seis años, cuando llegaba el momento de transmitir el poder, una parte esencial de la ceremonia permanecía intacta. El nombre cambiaba. El partido, no.

Aquella continuidad produjo algo más profundo que una hegemonía electoral: creó una manera de imaginar el futuro. El poder podía disputarse dentro del sistema, podían enfrentarse grupos, carreras y aspiraciones, podían caer secretarios y levantarse gobernadores, pero la gran maquinaria permanecía. Para un joven mexicano que quisiera hacer política en los años sesenta o setenta, el PRI no aparecía simplemente como una opción colocada junto a otras. Era el territorio donde ocurría casi todo lo que podía conducir hacia las grandes decisiones nacionales.

*EN ESE MÉXICO COMENZÓ ARTURO NÚÑEZ JIMÉNEZ.

Había nacido en Villahermosa, Tabasco, el 23 de enero de 1948, y llegó después a la Universidad Nacional Autónoma de México para estudiar Economía. Su generación creció mirando un Estado poderoso, convencido de su capacidad para conducir el desarrollo, administrar los conflictos y organizar también la sucesión política. Núñez entró al servicio público y al PRI sin necesidad de imaginar entonces que buena parte de su vida terminaría ligada precisamente a una pregunta que aquel sistema había conseguido mantener durante demasiado tiempo lejos de su puerta principal: ¿qué tendría que ocurrir para que quienes gobernaban pudieran perder?

La ironía sólo puede apreciarse desde la distancia. Arturo Núñez se formó dentro del sistema político que años después ayudaría a modificar. Aprendió sus códigos antes de participar en la transformación de sus reglas. Conoció al poder cuando todavía caminaba con la seguridad de quien supone que el mañana será una continuación del presente, y terminaría siendo testigo de la lenta desaparición de aquella certeza.

No ocurrió mediante una conversión repentina. Tampoco comenzó con una ruptura ideológica. El primer movimiento fue mucho menos espectacular y, quizá por eso, más interesante: comenzó estudiando.

*LAS REGLAS QUE ESCONDÍAN UNA PREGUNTA

En algún momento de su formación llegaron a las manos de Arturo Núñez los trabajos de Dieter Nohlen. Detrás del lenguaje aparentemente seco de los sistemas electorales encontró una maquinaria fascinante. Una elección podía parecer una operación elemental —ciudadanos que votan, votos que se cuentan, candidatos que ganan o pierden—, pero debajo existía un universo de decisiones capaces de alterar la representación política de un país.

*NÚÑEZ COMENZÓ A INTERNARSE EN ÉL.

Mayorías, representación proporcional, circunscripciones, mecanismos para convertir votos en escaños. Cada fórmula respondía de manera distinta a una pregunta que en el México de aquellos años todavía podía parecer incómoda: ¿cómo representar a quienes no ganaban?

La cuestión era mucho más profunda de lo que parecía. Durante demasiado tiempo la cultura política mexicana había concentrado su atención en el vencedor. El presidente electo, el gobernador electo, el partido mayoritario. Pero una democracia no se reconoce solamente por la manera en que trata a quien gana. Se reconoce también por el lugar que reserva a quienes perdieron.

Núñez empezó a estudiar ese territorio mientras el país real comenzaba a moverse debajo de las instituciones. El PAN conquistaba espacios y acumulaba agravios; las izquierdas se reorganizaban; las ciudades producían ciudadanos menos dóciles frente a las viejas formas de autoridad; las universidades multiplicaban discusiones que ya no cabían fácilmente dentro de los discursos oficiales. El PRI seguía siendo inmensamente poderoso, pero México comenzaba a ser demasiado plural para continuar mirándose en un espejo de un solo rostro.

*AHÍ COMENZÓ A ABRIRSE UNA DISTANCIA.

De un lado estaba el país institucional, todavía acostumbrado a la continuidad. Del otro empezaba a crecer un país electoral que quería competir, vigilar, protestar y, sobre todo, tener alguna posibilidad verdadera de ganar.

Durante años ambas realidades consiguieron convivir.

Hasta que llegó una noche en que dejaron de caber juntas.

*1988: CUANDO EL RESULTADO YA NO FUE SUFICIENTE

El 6 de julio de 1988 no comenzó con la apariencia de una fecha destinada a perseguir durante décadas la memoria política mexicana. Había urnas, funcionarios, representantes de partidos, candidatos y millones de ciudadanos esperando resultados. Manuel Bartlett Díaz era secretario de Gobernación. Carlos Salinas de Gortari competía por el PRI, Manuel J. Clouthier por el PAN y Cuauhtémoc Cárdenas había conseguido reunir una fuerza opositora que alteraba cálculos y despertaba entusiasmos que el sistema no estaba acostumbrado a enfrentar en una elección presidencial.

Después cayó la noche y ocurrió aquello que terminaría resumido en unas cuantas palabras capaces de sobrevivir a todos sus protagonistas: la caída del sistema.

Lo verdaderamente devastador no fue solamente la controversia sobre los resultados. Fue la sospecha. Una sospecha suficientemente grande para instalarse durante años en la conversación nacional y convertir cada explicación oficial en una nueva pregunta. México descubrió entonces que una elección podía producir un presidente y, al mismo tiempo, dejar abierta una discusión sobre la legitimidad del mecanismo que lo había declarado vencedor.

Aquello cambió la naturaleza del problema.

El poder ya no necesitaba solamente votos. Necesitaba credibilidad.

Cuando Carlos Salinas de Gortari asumió la Presidencia, el primero de diciembre de 1988, Fernando Gutiérrez Barrios llegó a Gobernación. El sistema seguía siendo formidable, pero entraba al nuevo sexenio llevando una fractura que no podía resolverse con discursos. Si quería recuperar confianza tendría que tocar precisamente aquello que durante décadas había administrado desde una posición privilegiada: las reglas electorales.

Y entonces la formación de Arturo Núñez dejó de ser una curiosidad intelectual para convertirse en una herramienta política.

El hombre que había estudiado cómo diferentes democracias organizaban la representación comenzó a trabajar en un territorio donde las fórmulas tendrían nombres, voces y adversarios. Ya no habría únicamente sistemas mayoritarios o proporcionales. Habría priistas, panistas, cardenistas, dirigentes que desconfiaban del gobierno y funcionarios obligados a conseguir que quienes llegaban acusándolo aceptaran sentarse a negociar con él.

Núñez entraría a ese mundo junto a hombres de enorme peso político y jurídico. Fernando Gutiérrez Barrios encabezaba Gobernación; Manlio Fabio Beltrones tendría responsabilidades fundamentales dentro de aquella estructura; José Luis Lamadrid Souza aportaría una inteligencia jurídica que Núñez siempre reconocería. Del otro lado de las negociaciones aparecerían figuras como Porfirio Muñoz Ledo, Carlos Castillo Peraza, Diego Fernández de Cevallos y Pablo Emilio Madero. Algunos podían disentir prácticamente en todo, pero comenzaban a compartir una certeza: las reglas existentes ya no alcanzaban para el país que tenían enfrente.

No estaban todavía construyendo la alternancia. Ni siquiera podían saber cuándo llegaría. Estaban haciendo algo anterior y quizá más difícil: intentando fabricar confianza con materiales hechos de desconfianza.

Arturo Núñez recordaría después cientos de horas dedicadas a aquellas negociaciones. Horas suficientes para descubrir que una palabra podía detener una reforma, que detrás de una coma podía esconderse una sospecha y que algunos acuerdos sólo aparecían después de llevar el desacuerdo hasta el agotamiento. La democracia mexicana no nació una mañana completa y luminosa. Fue ensamblándose lentamente, con imperfecciones, retrocesos y cicatrices, entre personas que muchas veces se sentaban juntas sin confiar unas en otras.

Núñez estaba aprendiendo ahí una política distinta a la que había conocido al comenzar su carrera. Ya no bastaba con entender cómo funcionaba el poder. Había que aprender a limitarlo. Ya no bastaba con construir mayorías. Había que reconocer derechos a las minorías. Y, sobre todo, comenzaba a resultar indispensable aceptar una idea que durante décadas había parecido casi ajena a la cultura del régimen: quien establece las reglas también debe estar dispuesto a perder bajo ellas.

El muchacho nacido en Villahermosa todavía quería hacer carrera política. Seguía perteneciendo al PRI. Tabasco permanecía en algún lugar de sus aspiraciones y faltaban años para que su propia vida lo colocara del otro lado de aquel partido. Nada estaba escrito.

Pero México había comenzado a escribir algo nuevo.

Durante décadas el sistema había perfeccionado el arte de conservar el poder. Después de 1988 tendría que emprender un aprendizaje infinitamente más difícil: construir las condiciones para que algún día pudiera perderlo y el país continuara en pie.

LA PACIENCIA TAMBIÉN PUEDE CAMBIAR LA HISTORIA

*MIL HORAS PARA ESCRIBIR UN PUENTE

Mil horas no caben fácilmente en una fotografía. Tampoco en una placa conmemorativa. No tienen la espectacularidad de una multitud llenando una plaza ni producen esa clase de imágenes que después aparecen en los documentales para anunciar que un país ha cambiado. Mil horas son otra cosa: noches que se alargan, café que se enfría, documentos llenos de correcciones, argumentos pronunciados tantas veces que comienzan a perder su novedad y hombres que regresan al día siguiente a discutir exactamente aquello que la víspera parecía imposible resolver. Aproximadamente ese tiempo recuerda Arturo Núñez dedicado a dos grandes negociaciones de aquellos años: unas seiscientas horas alrededor de la reforma constitucional y cerca de cuatrocientas más en la elaboración del nuevo ordenamiento electoral. No fue una epopeya de plazas públicas. Fue una batalla contra el cansancio.

Ahí comenzó a revelarse una de las características que acompañarían a Núñez durante buena parte de su trayectoria: podía permanecer mucho tiempo dentro de una conversación sin confundir paciencia con debilidad. Negociar no significaba para él llegar rápidamente a un punto medio para poder levantarse de la mesa. Había que comprender dónde estaba la verdadera resistencia del otro, distinguir aquello que formaba parte de la posición pública de aquello que constituía una preocupación irrenunciable y descubrir, algunas veces después de jornadas enteras, el pequeño espacio por donde podía pasar un acuerdo.

Las discusiones podían atascarse en asuntos que desde afuera parecían incomprensiblemente técnicos. ¿Quién debía integrar el nuevo organismo? ¿Cómo impedir que una fuerza pudiera dominar sus decisiones? ¿Qué atribuciones corresponderían a cada órgano? ¿Hasta dónde debía llegar la presencia gubernamental? ¿Qué garantías tenían que quedar protegidas desde el texto constitucional y cuáles podían reservarse para la legislación secundaria? Cada respuesta abría nuevas preguntas. Una palabra cambiada podía alterar equilibrios cuidadosamente construidos durante semanas.

Núñez llevaba orden del día, registraba intervenciones, levantaba minutas y conservaba papeles. Muchos de aquellos documentos permanecieron con él. Esa costumbre de guardar puede parecer burocrática hasta que pasan treinta años y los papeles dejan de ser papeles para convertirse en memoria. Ahí quedan las tachaduras, las propuestas que murieron antes de llegar a una ley, las fórmulas que alguien defendió durante días y terminó abandonando, las huellas de un país que fue escribiendo una parte de su futuro sin saber todavía cuál de todos aquellos borradores sobreviviría.

Hay una dimensión profundamente humana en semejante trabajo. Después de muchas horas nadie negocia únicamente con inteligencia. También negocia con agotamiento, orgullo, carácter. Llega un momento en que el desacuerdo deja de pertenecer al artículo discutido y comienza a instalarse entre las personas. Entonces una reunión puede romperse por una frase pronunciada con el tono equivocado. Núñez poseía una herramienta que los manuales de derecho parlamentario difícilmente registran: el humor. Sabía utilizarlo para aflojar una tensión, devolver aire a una conversación endurecida y recordar que quienes estaban enfrentados por una norma tendrían que volver a verse al día siguiente.

Pero la paciencia, por sí sola, tampoco resuelve un laberinto.

En algún momento hacía falta una idea.

Y aquella idea llegó de un hombre que tenía la extraña costumbre de apartarse para pensar.

*LA TARDE EN QUE LAMADRID DECIDIÓ NO HACER NADA MÁS QUE PENSAR

José Luis Lamadrid Souza podía anunciar que dedicaría una tarde a pensar. La frase parece casi extravagante en política, un territorio donde todos corren, todos hablan, todos contestan y muy pocos se conceden el lujo de permanecer quietos frente a un problema. Arturo Núñez lo recuerda precisamente por esa capacidad. Lamadrid podía alejarse del ruido, revisar antecedentes, comparar posibilidades y regresar después con una solución que no estaba donde los demás llevaban días buscándola.

Uno de los grandes nudos estaba en la imparcialidad. No bastaba con bautizar una institución nueva y colocarle encima las virtudes que se deseaba que tuviera. Había que encontrar una estructura capaz de sostenerlas cuando llegara el conflicto. Lamadrid cambió entonces la dirección de la pregunta. En lugar de seguir mirando exclusivamente hacia las elecciones, buscó otro espacio del Estado donde la neutralidad constituyera la esencia misma de la función. Encontró a los jueces.

La intuición era poderosa por su sencillez. Un juez no adquiere legitimidad porque las partes de un litigio estén de acuerdo con cada una de sus decisiones; la adquiere porque existen condiciones destinadas a proteger su independencia. ¿Podía trasladarse parte de esa lógica al terreno electoral? ¿Era posible construir una función profesional, especializada, protegida de las presiones inmediatas y sostenida por servidores públicos cuya permanencia no dependiera del humor político de cada temporada?

A partir de esa pregunta comenzaron a ordenarse piezas que hasta entonces parecían dispersas. Lamadrid pensaba la arquitectura; Fernando Franco ayudaba a darle precisión jurídica; Núñez tenía que llevarla al territorio donde las mejores ideas pueden morir si nadie consigue hacerlas políticamente aceptables. Ese reparto revela algo importante de Arturo que aparecería nuevamente muchos años después, cuando le correspondiera coordinar diputados: sabía que conducir no consiste en apropiarse del talento de los demás. Consiste en reconocerlo, colocarlo donde resulta más útil y conseguir que capacidades diferentes trabajen hacia un mismo desenlace.

De aquella búsqueda surgiría una estructura institucional que con los años habría de adquirir una importancia enorme. También comenzó a tomar forma un servicio profesional especializado. Había que preparar personas para organizar elecciones como una tarea de Estado y no como una encomienda circunstancial de cada proceso. Había que profesionalizar una función que hasta entonces había vivido demasiado cerca de las necesidades inmediatas de la política.

En paralelo apareció una batalla menos vistosa pero decisiva: el padrón. ¿De qué servía perfeccionar la autoridad si persistían dudas sobre la lista de quienes podían acudir a votar? La decisión de reconstruirlo obligó a emprender una operación gigantesca. Después vendría la credencial con fotografía, objeto tan cotidiano con el paso del tiempo que terminaríamos olvidando el significado político de su nacimiento. Una pequeña tarjeta comenzó a responder una pregunta enorme: éste soy yo, existo en el registro, tengo derecho a votar y nadie debería poder hacerlo en mi lugar.

Las instituciones importantes suelen volverse invisibles precisamente cuando funcionan. Se incorporan a la rutina hasta que una generación termina creyendo que siempre estuvieron ahí. Arturo Núñez alcanzó a conocer el tiempo anterior. Por eso puede recordar no sólo el resultado, sino las costuras.

Y algunas costuras estuvieron a punto de romperse.

*CUANDO UNA PALABRA PODÍA HACER NAUFRAGAR SEMANAS ENTERAS

En una negociación tan extensa, el peligro no siempre estaba en los grandes desacuerdos. Algunas veces aparecía después de haber conseguido avanzar. Una fuerza podía aceptar modificar la Constitución y preguntarse inmediatamente qué impediría que lo acordado cambiara de sentido cuando llegara la legislación secundaria. Era una preocupación legítima: entregar un voto en el primer piso de una reforma podía significar perder el control de lo que se construiría en el segundo.

Núñez buscó una salida utilizando una figura proveniente de un mundo distinto. Su formación económica le recordó las cartas de intención utilizadas en determinados procesos financieros: documentos capaces de fijar compromisos para una etapa posterior. La propuesta parecía ofrecer un camino, hasta que su divulgación prematura provocó exactamente lo contrario. Dentro del propio PRI surgieron reclamos. ¿Qué se había negociado? ¿Quién lo había autorizado? ¿Hasta dónde llegaban las concesiones? De pronto el problema ya no estaba enfrente. Estaba dentro de casa.

Esos momentos permiten entender mejor la verdadera dificultad de una negociación política. El negociador no habla solamente con el adversario. Tiene que regresar después con los suyos y convencerlos de que aquello que cedió no fue una derrota, que lo obtenido justifica lo entregado y que el acuerdo final será mejor que regresar al punto de partida. Cada avance tiene dos fronteras: la resistencia del otro y la resistencia propia.

La solución terminó buscando refugio en el lugar más alto del orden jurídico. Si determinados compromisos resultaban demasiado importantes para quedar expuestos a una interpretación posterior, podían incorporarse directamente a la Constitución. Arturo recordó las discusiones del Constituyente de 1917 y aquella defensa de Heriberto Jara frente a quienes pretendían una Carta Magna reducida a principios generales: cuando se trata de proteger conquistas fundamentales, la extensión puede ser un costo menor. Décadas después, una preocupación semejante ayudaba a explicar por qué ciertas disposiciones electorales mexicanas comenzaron a adquirir un detalle poco habitual en otros sistemas.

No era elegancia jurídica lo que estaban buscando.

Era seguridad política.

Cada precisión cerraba una puerta por donde alguien temía que pudiera regresar una vieja práctica. Cada candado era también la confesión de una experiencia anterior. La legislación fue acumulando garantías como una casa que añade cerraduras después de haber conocido demasiados intrusos.

Arturo Núñez atravesó aquellas jornadas sin imaginar todavía la ironía que lo esperaba. Había dedicado horas incontables a discutir cómo debía funcionar una autoridad electoral, qué principios tendrían que guiarla y qué clase de profesionalización necesitaba. Había aprendido a conocerla desde sus planos, antes incluso de verla completamente construida.

Pero él seguía considerándose político.

Tenía aspiraciones. Tabasco continuaba llamándolo desde algún lugar del futuro. Su vida estaba pensada para competir, disputar espacios, construir una candidatura. No se veía apartado de la cancha contemplando cómo otros jugaban.

Por eso, cuando tiempo después apareció la posibilidad de que asumiera la dirección del Instituto Federal Electoral, su primera reacción no fue de entusiasmo.

Fue de resistencia.

Había ayudado a construir al árbitro.

Ahora querían entregarle el silbato.

Y Arturo Núñez tenía una objeción que resumía, en unas cuantas palabras, todo lo que todavía esperaba de su propia vida:

él no quería ser árbitro.

Todavía quería jugar.

EL AÑO EN QUE MÉXICO CAMINÓ SOBRE EL FILO

*UN POLÍTICO OBLIGADO A MIRAR DESDE EL CENTRO

Arturo Núñez había pasado buena parte de su vida preparándose para participar en la política, no para contemplarla desde una posición de neutralidad. Conocía el impulso de quien quiere intervenir, tomar partido, defender una causa, construir una candidatura. Por eso la posibilidad de incorporarse a la dirección del Instituto Federal Electoral encerraba para él una contradicción personal difícil de ignorar. Aceptar significaba modificar temporalmente la dirección de su propia carrera y someterse a una disciplina distinta: dejar fuera de la oficina preferencias, afectos, pertenencias y aspiraciones para asumir una responsabilidad cuya legitimidad dependía justamente de que nadie pudiera adivinar hacia dónde inclinaba el corazón de quien tomaba las decisiones.

No era una renuncia menor. Tabasco seguía ocupando un lugar importante en su horizonte y la política partidista formaba parte natural de su identidad. Había dedicado años a entender el poder desde dentro y conservaba la vocación de disputarlo. Sin embargo, terminó aceptando. La paradoja tenía una belleza casi cruel: después de participar en la discusión de las normas, tendría que vivir bajo ellas; después de imaginar equilibrios desde una mesa de trabajo, tendría que comprobar si resistían cuando comenzaran a recibir el peso verdadero de una elección presidencial.

Hay responsabilidades que llegan acompañadas de ceremonia y otras que entregan, junto con el nombramiento, una carga cuyo tamaño sólo se descubre después. A Núñez le correspondió la segunda clase. El país que debía acudir a las urnas en 1994 estaba a punto de convertirse en un territorio donde cada semana parecía capaz de modificar la siguiente. La serenidad administrativa que exige organizar una elección tendría que sobrevivir dentro de una nación sacudida por acontecimientos que ningún calendario electoral podía prever.

El primero de enero, mientras entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y el gobierno celebraba la incorporación de México a una nueva etapa económica, desde Chiapas llegó una imagen brutalmente distinta del país. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional apareció públicamente y tomó varias poblaciones. El contraste resultó demoledor: el mismo México que aquella mañana pretendía anunciar su entrada a la modernidad despertaba contemplando hombres armados y encapuchados en una de sus regiones más pobres.

La campaña presidencial apenas comenzaba y el país ya no era el mismo.

A partir de entonces, cada decisión electoral tendría que convivir con un clima político que podía cambiar en cuestión de horas. Organizar los comicios dejó de parecer únicamente una tarea administrativa. Había que conseguir que las casillas llegaran, que los ciudadanos estuvieran inscritos, que las boletas pudieran imprimirse y distribuirse, que los partidos encontraran condiciones para competir y que la jornada pudiera celebrarse aun cuando afuera de las oficinas institucionales México parecía avanzar sobre un suelo que se movía.

Núñez había querido seguir siendo jugador.

El destino acababa de colocarlo en el sitio desde donde tendría que ver jugar a todos los demás.

Y todavía faltaba lo peor.

*LA TARDE EN QUE UNA CAMPAÑA TERMINÓ ENTRE SANGRE

El 23 de marzo de 1994 comenzó como un día de campaña y terminó convertido en una fecha imposible de pronunciar sin que aparezca una imagen. Luis Donaldo Colosio había llegado a Lomas Taurinas, en Tijuana. Había gente alrededor, música, empujones, entusiasmo, cuerpos apretados intentando acercarse al candidato presidencial del PRI. Después se escucharon los disparos.

En unos segundos la campaña dejó de existir como había sido concebida.

El asesinato de Colosio no eliminó solamente a un candidato. Introdujo una sensación de vulnerabilidad en el corazón mismo del sistema político. Si podía asesinarse en público al hombre que encabezaba la candidatura presidencial del partido gobernante, ¿qué podía considerarse verdaderamente seguro? El país comenzó a llenarse de versiones, preguntas, sospechas y rumores. Cada explicación parecía producir otras interrogantes. El miedo abandonó los márgenes y caminó hacia el centro.

Para el Instituto Federal Electoral, la tragedia planteaba además problemas concretos que no podían resolverse mediante el duelo. Había plazos que seguían corriendo. Existían procedimientos legales. El PRI tendría que designar otro candidato. Las boletas, los registros, las campañas y las decisiones administrativas debían adaptarse a una circunstancia para la cual ningún funcionario podía haberse preparado emocionalmente.

Ésa es una de las crueldades del servicio público en momentos de crisis: mientras una sociedad todavía intenta comprender lo ocurrido, alguien tiene que continuar trabajando.

Núñez se encontraba en ese lugar.

No podía detener el calendario porque el país estuviera conmocionado. Tampoco podía permitirse que la velocidad necesaria para responder produjera errores capaces de contaminar la elección. Había que conservar la cabeza fría cuando alrededor casi todo invitaba a perderla. Ernesto Zedillo sustituyó a Colosio como candidato priista y el proceso siguió adelante, aunque ya nadie podía fingir que se trataba de una campaña ordinaria.

México entró entonces en una temporada extraña. Las conversaciones privadas parecían llenas de presagios. Las noticias se seguían con ansiedad. La política adquirió un tono oscuro, como si detrás de cada acontecimiento pudiera estar preparándose otro todavía peor. Las instituciones continuaban abiertas, los candidatos recorrían el territorio, los partidos producían propaganda y los ciudadanos seguían con su vida diaria, pero algo se había instalado en el ambiente. No era posible tocarlo y, sin embargo, estaba en todas partes.

En medio de aquella atmósfera se organizó también el debate presidencial del 12 de mayo, un acontecimiento que adquiriría una enorme importancia pública. Millones de mexicanos vieron juntos a los principales contendientes discutir frente a las cámaras. La política nacional, acostumbrada durante demasiado tiempo a campañas donde el candidato oficial recorría el país desde una posición privilegiada, mostraba otra escena: aspirantes confrontando argumentos ante ciudadanos que podían compararlos simultáneamente.

Núñez observaba todo aquello desde una posición peculiar. El político que llevaba dentro podía entender las estrategias, calcular movimientos, reconocer fortalezas y errores. Pero el funcionario electoral tenía prohibido comportarse conforme a esas inclinaciones. Su trabajo consistía precisamente en conseguir que sus opiniones personales fueran irrelevantes.

Esa frontera entre lo que un hombre piensa y aquello que su responsabilidad le permite hacer es una de las pruebas más severas del poder público. La imparcialidad no significa carecer de convicciones. Significa impedir que las convicciones privadas secuestren una obligación que pertenece a todos.

Y 1994 no concedía treguas para aprenderlo.

*UNA CREDENCIAL, MILLONES DE NOMBRES Y EL PESO DE UNA ELECCIÓN

Mientras la tragedia política ocupaba las primeras planas, existía otra historia mucho menos dramática en apariencia y, sin embargo, indispensable para que el país pudiera llegar al día de la elección. Millones de ciudadanos tenían que aparecer correctamente en el padrón, contar con una credencial que permitiera identificarlos y encontrar su nombre cuando llegaran a la casilla. La democracia tenía también esa dimensión silenciosa: detrás de los discursos presidenciales había cajas, listas, fotografías, rutas de distribución, funcionarios capacitados y una gigantesca maquinaria que no podía permitirse el lujo de improvisar.

La credencial con fotografía adquirió entonces un significado que el uso cotidiano terminaría borrando con los años. Hoy se entrega en una ventanilla, se guarda en una cartera y se muestra para realizar innumerables trámites. En aquel momento representaba algo diferente. El rostro del ciudadano comenzaba a acompañar formalmente su identidad electoral. La fotografía era una pequeña barrera contra viejas suspicacias y, al mismo tiempo, una forma de devolver al individuo una certeza elemental: ese registro correspondía a él y a nadie más.

Núñez quedó ligado a la culminación de aquel esfuerzo desde la dirección del Instituto. Lo verdaderamente extraordinario era la escala. México no estaba ensayando el procedimiento en una pequeña comunidad. Había que conseguir que funcionara desde las grandes ciudades hasta localidades separadas por montañas, selvas, desiertos y caminos donde cualquier dificultad logística podía convertirse en un problema político.

LLEGÓ FINALMENTE EL 21 DE AGOSTO.

Después de meses de sobresaltos, México amaneció frente a las urnas.

Había algo profundamente distinto en aquella jornada. No porque hubieran desaparecido todas las desigualdades de la competencia ni porque las instituciones hubieran alcanzado de pronto una perfección inexistente en cualquier democracia. Lo diferente era el tamaño de la mirada pública colocada sobre la elección. Partidos, observadores, medios y ciudadanos vigilaban un proceso que cargaba sobre sí mucho más que la decisión acerca del siguiente presidente. Después de todo lo ocurrido durante aquel año, el país necesitaba comprobar que todavía podía resolver su sucesión mediante votos.

Las casillas abrieron.

La gente llegó.

Las boletas comenzaron a llenarse.

Y durante algunas horas, en medio de uno de los años más convulsos de nuestra historia reciente, México hizo algo extraordinariamente sencillo: votó.

Ernesto Zedillo ganó la elección presidencial. La participación ciudadana fue particularmente elevada y el proceso consiguió atravesar una prueba que meses antes podía parecer rodeada de demasiados peligros. Para Arturo Núñez aquello significó mucho más que cumplir una encomienda administrativa. Había conocido las elecciones desde la teoría, después desde la negociación y finalmente desde la responsabilidad directa de hacer posible una de ellas bajo una presión difícil de repetir.

Pero 1994 todavía guardaba otra herida.

El 28 de septiembre fue asesinado José Francisco Ruiz Massieu, secretario general del PRI. Otra vez la violencia entró en el corazón de la política. Otra vez aparecieron investigaciones, acusaciones y preguntas. El año que había comenzado con una rebelión armada y había atravesado el asesinato de un candidato presidencial terminaba dejando la sensación de que el viejo orden político no sólo estaba cambiando: en algunos sitios parecía desgarrarse.

Arturo Núñez salió de aquella experiencia con algo que ningún tratado podía proporcionarle. Había conocido la distancia entre diseñar una institución y cargarla sobre los hombros cuando afuera sopla la tormenta. Había aprendido que detrás de cada norma existe finalmente una persona obligada a decidir y que la serenidad puede ser una forma silenciosa de valentía cuando todo alrededor empuja hacia la precipitación.

Después vendrían otras responsabilidades.

Volvería plenamente a la política partidista. Llegaría a la Cámara de Diputados. Y ahí la historia le prepararía otra ironía.

El hombre que acababa de participar en la organización de una elección desde una posición institucional regresaría a la arena política para encontrarse, pocos años después, frente a una realidad que durante décadas había parecido inconcebible para su partido.

El PRI seguiría siendo la primera fuerza en San Lázaro.

Pero por primera vez ya no podría gobernar la Cámara solamente con sus propios votos.

Y entonces Arturo Núñez tendría que demostrar algo muy diferente a la imparcialidad.

Tendría que aprender a conducir sin tener la mayoría.

CUANDO LA MAYORÍA DEJÓ DE SER UNA COSTUMBRE

*AQUELLA LLAMADA EN LA CARRETERA

La campaña había terminado y yo iba rumbo a Guadalajara. Después de semanas de recorridos, reuniones, discursos y esa intensidad que solamente conoce quien ha pasado por una elección, finalmente podía pensar en unos días de descanso. Era mi primera diputación federal. Llevaba conmigo la emoción natural de quien sabe que está a punto de entrar a la Cámara de Diputados, pero todavía no alcanzaba a comprender que también estaba entrando a una Legislatura destinada a modificar para siempre la manera de ejercer el poder en México.

En algún punto de la carretera sonó el teléfono.

Era Arturo Núñez.

No llamaba para felicitarme ni para conversar sobre la campaña. Me convocaba a una reunión para la semana siguiente. Quería que comenzáramos a discutir cómo habría de organizarse el grupo parlamentario, cómo íbamos a conducirnos y de qué manera enfrentaríamos una Legislatura que ni siquiera había comenzado formalmente y ya representaba un territorio desconocido para el PRI.

Aquella llamada se me quedó grabada porque con los años entendí mejor lo que revelaba. Arturo no estaba esperando a llegar a San Lázaro para improvisar una respuesta frente a los acontecimientos. Había comprendido el resultado electoral y, sobre todo, sus consecuencias. Por primera vez el PRI no tendría mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. Durante décadas los legisladores priistas habían podido discutir entre ellos, negociar diferencias internas, escuchar a las oposiciones y atravesar jornadas parlamentarias difíciles con una certeza guardada al final de casi todas las cuentas: cuando llegara el momento decisivo, los votos propios alcanzarían.

En 1997 dejaron de alcanzar.

No era una derrota cualquiera ni podía medirse únicamente contando curules. Había desaparecido una comodidad histórica. El partido que durante generaciones había marcado el ritmo legislativo tendría ahora que descubrir cuánto valía realmente su capacidad política cuando ya no podía convertir por sí solo una decisión en mayoría. Y Arturo Núñez recibió la responsabilidad de coordinar a los diputados priistas precisamente en ese momento.

Para quienes llegábamos por primera vez a San Lázaro, aquello era el comienzo de nuestra experiencia legislativa. Para Núñez significaba algo diferente. Él conocía el sistema desde mucho antes de que comenzara a perder sus antiguas seguridades. Había participado en la transformación electoral, había dirigido el aparato ejecutivo del IFE y ahora regresaba a la militancia partidista para encontrarse con una consecuencia concreta de los cambios ocurridos durante los años anteriores: el Congreso ya no obedecía a una sola voluntad.

La política mexicana acababa de cambiar de gramática.

Arturo tendría que aprender a hablarla mientras nosotros aprendíamos a escucharla.

*LA AUTORIDAD DE QUIEN SABÍA ESCUCHAR

Muy pronto descubrí que Núñez no pretendía conducirnos mediante una disciplina ciega. Tenía autoridad, desde luego, pero no necesitaba exhibirla cada cinco minutos. Convocaba, escuchaba, discutía y permitía que dentro del grupo aparecieran posiciones diferentes. Para alguien que llegaba por primera vez a una diputación federal, aquella manera de ejercer la coordinación resultaba especialmente formativa: uno podía expresar una opinión sin sentir que estaba desafiando al coordinador y podía disentir sin convertirse automáticamente en sospechoso.

Arturo poseía una sólida preparación jurídica y política, pero tenía además una virtud mucho menos frecuente: sabía reconocer cuándo otro dominaba mejor un asunto. No necesitaba convertirse en el hombre más inteligente de cada conversación. Entendía que una bancada integrada por decenas de diputados contenía experiencias, especialidades y temperamentos distintos, y que la tarea del coordinador no consistía en apagar esas diferencias sino en conseguir que trabajaran en una misma dirección.

Ahí recuerdo especialmente a José Luis Lamadrid Souza, Enrique Jackson Ramírez, Rafael Oseguera Ramos, Fidel Herrera Beltrán, Ricardo Monreal Ávila, Ricardo Castillo Peralta y un número innumerable de compañeras y compañeros con quien incluso hoy seguimos siendo amigos en su mayoría. Cada uno aportaba capacidades diferentes. Arturo sabía escucharlos, aprovechar sus conocimientos y permitirles ocupar el espacio correspondiente cuando las circunstancias lo exigían. Esa capacidad para conducir talento quizá diga más sobre un dirigente que muchos discursos acerca del liderazgo. Los hombres inseguros suelen rodearse de personas que jamás puedan hacerles sombra; quienes poseen verdadera autoridad pueden permitirse trabajar con gente extraordinariamente capaz.

Núñez es de esa naturaleza.

La nueva aritmética parlamentaria exigía precisamente eso. El PRI podía ser la bancada más numerosa y, sin embargo, perder una votación. La oposición podía construir acuerdos sin él. Los corredores de San Lázaro comenzaron a tener otro significado porque una conversación aparentemente secundaria podía terminar modificando el desenlace de una iniciativa. Había que negociar comisiones, procedimientos, reformas y posiciones con fuerzas políticas que por primera vez descubrían juntas que podían formar una mayoría distinta.

El cambio no fue elegante ni sencillo. Las transiciones verdaderas casi nunca lo son. Hubo choques, maniobras, sesiones ásperas y momentos en que la vieja cultura política intentó responder a una realidad para la cual no había sido educada. Pero algo ya no podía deshacerse: la Cámara había dejado de ser el lugar donde la mayoría presidencial encontraba automáticamente los votos necesarios.

Arturo Núñez tenía que conducir a sus diputados en medio de esa incertidumbre sin transmitirles derrota. Ése era el desafío psicológico además del político. Una bancada acostumbrada a pertenecer al partido gobernante podía interpretar la pérdida de la mayoría como una humillación o convertirla en un aprendizaje. Núñez eligió la segunda ruta. Había que discutir más, escuchar más, preparar mejor los argumentos y reconocer que enfrente existían interlocutores capaces de impedir una decisión.

La política dejaba de parecerse a una orden.

Comenzaba a parecerse mucho más a una conversación difícil.

Y Arturo podía conversar durante horas.

*COYOACÁN: DONDE EL COORDINADOR VOLVÍA A SER ARTURO

La Cámara mostraba solamente una parte del personaje. La otra aparecía lejos de San Lázaro, en su casa de Coyoacán, alrededor de una mesa donde el lenguaje cambiaba y las preocupaciones parlamentarias podían esperar algunas horas. Arturo nos invitaba a jugar dominó. Ahí el coordinador dejaba de ser únicamente el hombre encargado de conducir a una bancada en una Legislatura histórica y aparecía el anfitrión cálido, el amigo, el conversador extraordinario y el hombre dotado de un sentido del humor capaz de sobrevivir incluso a las semanas más complicadas de la política.

Era muy buen jugador de dominó. No jugaba distraídamente. Miraba, calculaba, recordaba las fichas que habían aparecido y parecía disfrutar tanto la estrategia como la convivencia. Pero las noches de Coyoacán no se explicaban solamente por el juego. Arturo tenía una capacidad extraordinaria para contar historias y una memoria que podía recuperar detalles que otros habíamos dejado atrás. Una conversación podía comenzar hablando de la Cámara, desviarse hacia algún episodio de la política nacional, regresar a Tabasco, encontrar una anécdota perdida muchos años antes y terminar en una carcajada.

Y estaban los chistes de Verdaguer.

Arturo era especialista en ellos. Los contaba muy bien. No se limitaba a recordar el remate: sabía conducir la historia hasta él, medir los tiempos y esperar el instante exacto. En aquellas reuniones entendí que su sentido del humor no era un accesorio de su personalidad. Formaba parte de su manera de relacionarse con los demás. Había hombres capaces de construir autoridad imponiendo distancia; Núñez podía conservarla mientras acercaba a la gente.

Es difícil explicar desde afuera la importancia de esos espacios. La política suele escribirse mediante leyes, votaciones y discursos, pero las relaciones que permiten que un grupo funcione también se construyen fuera del recinto. Compartir una mesa, conocer al otro cuando no está pronunciando una posición oficial, reírse juntos después de una jornada complicada: todo eso crea una forma de confianza que después reaparece cuando llegan los momentos difíciles.

Yo veía en aquellas noches a un Arturo distinto y, al mismo tiempo, al mismo hombre que nos coordinaba. Su manera de dirigir no podía separarse completamente de su manera de tratar a las personas. Era cálido, educado, atento. Podía sostener una plática extensa sin mirar constantemente el reloj y conseguía algo que los años vuelven cada vez más escaso: hacer sentir al interlocutor que durante esa conversación no existía un asunto más urgente que escucharlo.

Quizá por eso se ganó nuestro cariño además de nuestro respeto.

No era solamente el coordinador.

Era Arturo.

Y esa diferencia importa.

La LVII Legislatura siguió avanzando entre negociaciones, enfrentamientos y una pluralidad que comenzaba a adquirir músculos propios. Nosotros íbamos aprendiendo que pertenecer al partido gobernante ya no garantizaba controlar la Cámara. Arturo, en cambio, estaba viviendo una paradoja mucho más grande. Años atrás había contribuido a construir mecanismos capaces de abrir la competencia política; después había participado en la organización de elecciones bajo aquellas nuevas condiciones. Ahora tenía enfrente una de sus consecuencias más profundas.

El poder comenzaba a repartirse.

Y lo hacía mientras él estaba sentado en primera fila.

Tal vez por eso, cuando recuerdo aquella llamada recibida en la carretera rumbo a Guadalajara, ya no escucho solamente la voz del coordinador convocando a un diputado recién electo. Escucho a un hombre que había entendido antes que muchos de nosotros que la Legislatura que estaba por comenzar no podía caminar con los hábitos de las anteriores.

Arturo Núñez sabía que algo había terminado.

Lo extraordinario es que no intentó fingir que seguía existiendo.

Nos convocó para aprender a caminar sobre lo que venía después.

EL PARTIDO QUE UN DÍA DEJÓ DE SER SU CASA

*TABASCO, ESA PALABRA QUE SIEMPRE ESTUVO AL FONDO

Hay lugares de los que uno puede marcharse sin terminar de irse nunca. Para Arturo Núñez, Tabasco fue durante muchos años uno de ellos. La vida pública lo había llevado a la Ciudad de México, a oficinas federales, negociaciones nacionales, responsabilidades electorales y al Congreso, pero detrás de aquella trayectoria permanecía la tierra donde había nacido. No como una fotografía sentimental guardada entre los recuerdos de infancia, sino como una aspiración política que había madurado durante años: gobernar su estado.

No era un deseo repentino. Tampoco la ocurrencia de un político que, después de acumular cargos, busca un territorio donde culminar su carrera. Núñez conocía Tabasco y conocía el peso que la política tenía en una entidad donde las pasiones partidistas podían adquirir una intensidad extraordinaria. Allí el PRI había construido durante décadas una fortaleza que parecía confundirse con la historia institucional del estado. Gobernadores, alcaldes, legisladores, organizaciones y estructuras territoriales habían crecido bajo sus siglas. Para alguien formado en ese partido, buscar la gubernatura significaba aspirar al punto más alto de una trayectoria que parecía guardar cierta lógica natural.

Pero las casas políticas también envejecen. Cambian sus habitantes, se modifican las reglas internas y aquello que durante años produjo pertenencia puede comenzar a generar extrañeza. Algunas rupturas ocurren con un portazo; otras necesitan mucho tiempo para llegar al instante en que ya no resulta posible seguir fingiendo que nada ha cambiado.

A Núñez le ocurrió lo segundo.

El PRI al que regresaba después de haber conocido desde cerca la transformación electoral del país tampoco era exactamente el partido de sus primeros años. México había cambiado y dentro del priismo se acumulaban tensiones que la vieja disciplina ya no podía resolver con la misma facilidad. La derrota presidencial del año 2000 produjo además un vacío difícil de exagerar. Por primera vez, el partido que durante siete décadas había organizado buena parte de su vida alrededor de la Presidencia de la República tenía que descubrir cómo existir sin ella. Ya no había un presidente priista capaz de ordenar aspiraciones, administrar equilibrios y pronunciar, abierta o discretamente, la última palabra.

En medio de ese reacomodo, Tabasco adquirió para Arturo un significado todavía mayor. Era la posibilidad de volver. Pero algunas veces regresar a casa es la manera más dolorosa de descubrir cuánto ha cambiado.

*LA DERROTA QUE NO TERMINÓ CUANDO CONTARON LOS VOTOS

La disputa por la candidatura priista al gobierno de Tabasco terminó colocando frente a frente proyectos, grupos y ambiciones que llevaban años acumulándose. Núñez buscó la nominación convencido de que poseía trayectoria, experiencia y vínculos suficientes para competir por ella. Había desempeñado responsabilidades nacionales de primer nivel y acababa de coordinar a la bancada del PRI en una Cámara donde la negociación había sustituido a la antigua comodidad de las mayorías automáticas. Llegaba, por tanto, no como un improvisado sino como uno de los políticos tabasqueños con mayor experiencia federal de su generación.

Pero en política los méritos rara vez llegan solos a una contienda. Los acompañan estructuras, intereses, lealtades, agravios y poderes que han aprendido a defender el espacio que ocupan. En Tabasco pesaba de manera decisiva la figura de Roberto Madrazo Pintado. Alrededor de su liderazgo se había construido una fuerza política capaz de influir profundamente en la vida interna del priismo estatal, y la sucesión gubernamental terminó convirtiéndose en mucho más que una competencia entre aspirantes.

Núñez perdió la candidatura.

Una frase así cabe cómodamente en un renglón, pero hay derrotas que necesitan años para terminar de explicarse. Lo que se quebró no fue solamente una aspiración personal. Para un hombre que había entregado décadas de su vida al PRI, la manera en que se procesaban las decisiones internas tocaba una fibra mucho más profunda: la relación entre pertenencia y dignidad.

Porque perder es parte de la política. Arturo lo sabía quizá mejor que muchos. Había dedicado una parte fundamental de su carrera a construir procedimientos destinados precisamente a conseguir que vencedores y vencidos pudieran coexistir después de una elección. El problema aparece cuando quien pierde deja de reconocer en el procedimiento aquello que durante años defendió como condición indispensable para aceptar un resultado.

Entonces la derrota cambia de naturaleza. Ya no duele únicamente aquello que no se obtuvo. Comienza a doler también el lugar al que uno pertenece.

El distanciamiento no ocurrió como una escena cinematográfica. No hubo necesariamente un instante único capaz de explicar todo lo que vendría después. Las separaciones políticas importantes suelen madurar mediante acumulaciones: una decisión que incomoda, una respuesta que decepciona, una puerta que ya no se abre de la misma manera, la certeza creciente de que permanecer exige aceptar cosas que antes se habrían discutido. Hasta que llega un momento en que la pregunta deja de ser cuánto hemos dado a una organización y comienza a ser cuánto de nosotros mismos tendríamos que entregar para continuar dentro de ella.

Para Núñez aquella pregunta tenía un peso especial. El PRI no era un partido al que hubiera llegado después de recorrer otras opciones. Ahí había transcurrido buena parte de su vida adulta. Dentro de sus gobiernos había ocupado responsabilidades; bajo sus siglas había sido legislador; con algunos de sus cuadros había compartido décadas de trabajo, amistad, discrepancias y proyectos. Marcharse significaba abandonar mucho más que una credencial.

Significaba aceptar que una historia personal podía terminar antes que una vida.

Y terminó.

*CRUZAR LA PUERTA Y DESCUBRIRSE DEL OTRO LADO

La salida de Arturo Núñez del PRI tuvo algo que ninguna mudanza política puede borrar completamente: el peso de los afectos que permanecen atrás. Los partidos suelen hablar de las rupturas mediante un vocabulario militar. Traición. Deserción. Lealtad. Enemigo. Como si cambiar de organización obligara también a borrar de golpe amistades, aprendizajes y años compartidos. La vida real es bastante más complicada. Uno puede dejar una institución sin dejar de querer a personas que continúan dentro. Puede combatir electoralmente a antiguos compañeros y conservar gratitud hacia quienes fueron importantes en otra etapa. Puede cerrar una puerta sin incendiar necesariamente la casa.

Núñez cruzó hacia la izquierda mexicana y encontró en el PRD el espacio desde donde reconstruiría su carrera. El movimiento encerraba una ironía histórica imposible de ignorar. Durante años había negociado desde el gobierno con dirigentes provenientes de esa tradición política; ahora compartiría con ellos una misma trinchera electoral. Los antiguos interlocutores podían convertirse en compañeros y quienes habían sido compañeros podían aparecer enfrente.

La política había movido las sillas.

Pero Arturo no llegaba vacío. Llevaba consigo algo que no podía dejar sobre el escritorio al entregar una militancia: conocimiento del Estado, experiencia parlamentaria, comprensión de las instituciones y décadas enteras observando la forma en que se construían y se deshacían acuerdos. Su tránsito no borró al hombre anterior. Lo acompañó.

En 2006 llegó al Senado de la República bajo las siglas del PRD. El antiguo coordinador priista ocupaba ahora un escaño desde la oposición. El cambio era enorme, pero no significó que Núñez despertara una mañana convertido en otra persona. Seguía siendo un político institucional, formado en una cultura donde la negociación tenía un valor central. Lo que había cambiado era el lugar desde donde ejercería esa experiencia.

Y quedaba Tabasco. Siempre Tabasco.

La gubernatura que no había conseguido desde el PRI permanecía ahí, pero el camino hacia ella sería completamente distinto. Ya no podría recorrerlo protegido por la organización que había gobernado el estado durante generaciones. Tendría que hacerlo desde enfrente, disputándole votos a la maquinaria en la que él mismo se había formado y enfrentándose a hombres con quienes alguna vez había compartido partido.

Pocas experiencias políticas deben ser tan extrañas como hacer campaña contra una parte de la propia biografía. Cada plaza conocida puede contener un antiguo compañero. Cada municipio guarda relaciones construidas durante años. Cada crítica al adversario obliga a medir hasta dónde se está cuestionando también una época de la que uno mismo formó parte. La ruptura deja entonces de ser solamente ideológica o partidista. Se vuelve íntima.

Arturo Núñez había pasado décadas aprendiendo a moverse dentro de las instituciones. Ahora tendría que aprender algo diferente: construir una alternativa contra el poder que durante buena parte de su vida había sido también el suyo.

El tiempo hizo el resto.

En 2012 volvió a buscar la gubernatura de Tabasco. Esta vez no necesitaba convencer al PRI de que le permitiera competir. Necesitaba convencer a los tabasqueños de entregarle el gobierno precisamente para sacar al PRI de él.

La distancia entre ambas escenas era enorme. De un lado quedaba aquel hombre que alguna vez había esperado encontrar dentro de su partido el camino hacia la gubernatura. Del otro aparecía un candidato dispuesto a terminar con una continuidad política de más de ocho décadas.

La historia posee un extraño sentido de la simetría.

Arturo Núñez había ayudado años atrás a construir condiciones para que en México perder dejara de ser una imposibilidad. Ahora regresaba a Tabasco para comprobarlo desde el sitio más personal de todos.

Esta vez no iba a organizar la elección. No iba a negociar sus reglas.

Iba a pedir el voto.

Y enfrente estaba la casa donde había vivido políticamente durante casi toda su vida.

GANAR EL GOBIERNO, ENCONTRARSE CON LA HISTORIA

*LA VEZ QUE TABASCO DIJO QUE SÍ

Arturo Núñez regresó a la contienda por la gubernatura en 2012 llevando una biografía que difícilmente podía separarse de la historia política que pretendía derrotar. No llegaba como un extraño dispuesto a conquistar un territorio desconocido. Conocía sus caminos, sus actores, sus heridas y las formas casi familiares con las que el poder había aprendido a reproducirse durante generaciones. También conocía desde dentro al partido que ahora tendría enfrente. Sabía cómo pensaba, cómo se organizaba y hasta dónde podían llegar sus reflejos cuando sentía amenazada una posición que durante décadas había considerado propia.

Esta vez, sin embargo, Arturo no buscaba que una estructura partidista le concediera el derecho a competir. Salió a buscar directamente una decisión de los tabasqueños. Habían pasado muchos años desde aquella aspiración frustrada dentro del PRI y el hombre que volvía ya no era el mismo. Había conocido la derrota interna, la ruptura, el Senado y la experiencia de comenzar otra etapa política cuando muchos habrían considerado terminada la carrera. Llegaba con una edad en la que algunos empiezan a despedirse de sus grandes ambiciones y él regresaba para disputar la que lo había acompañado durante buena parte de su vida.

Las campañas tienen una geografía emocional que las cifras nunca consiguen registrar. Una plaza no es solamente una plaza cuando ahí se reconoce a quienes fueron compañeros; una carretera no conduce únicamente hacia otro municipio cuando también atraviesa recuerdos; un saludo puede contener veinte años de cercanía y una negativa puede revelar que antiguas lealtades encontraron nuevo domicilio. Núñez recorrió un estado donde buena parte de su propia historia estaba dispersa entre personas colocadas ahora a ambos lados de la contienda.

Enfrente estaba Jesús Alí de la Torre, candidato del PRI. Pero detrás de los nombres había algo mucho mayor en disputa. Desde 1929, bajo las distintas denominaciones que antecedieron al Partido Revolucionario Institucional y después bajo las propias siglas del PRI, el poder estatal había permanecido dentro de una misma corriente política. Habían cambiado gobernadores, generaciones, estilos y grupos. Lo que no había ocurrido era la alternancia.

Ochenta y tres años pesan mucho sobre una elección.

Pesan en las oficinas, en las costumbres, en las relaciones y también en la imaginación colectiva. Cuando una misma fuerza ha gobernado durante tanto tiempo, la posibilidad de que pierda puede parecer extraña incluso para quienes desean verla derrotada. El cambio tiene entonces que vencer algo más resistente que un adversario: debe vencer la costumbre.

El primero de julio de 2012 los tabasqueños votaron. Mientras el país devolvía al PRI a la Presidencia de la República con Enrique Peña Nieto, Tabasco caminó en dirección contraria. Arturo Núñez ganó la gubernatura encabezando la coalición opositora.

La contradicción era extraordinaria. El PRI recuperaba Los Pinos y perdía Tabasco.

Y quien le arrebataba Tabasco era uno de los hombres que había pasado buena parte de su vida dentro del propio PRI.

La política acababa de escribir una de esas escenas que ningún novelista prudente se atrevería a construir por temor a parecer demasiado evidente.

*EL DÍA EN QUE LA ALTERNANCIA TUVO ROSTRO

Una victoria electoral puede resumirse en porcentajes, pero aquello que ocurrió en Tabasco no cabía solamente en una estadística. Por primera vez en más de ocho décadas, el gobierno estatal cambiaría de signo político. Familias enteras habían nacido y envejecido sin contemplar esa posibilidad. Había tabasqueños que conocían alternancias municipales, disputas intensas y oposiciones vigorosas, pero nunca habían visto entregar el Palacio de Gobierno a alguien surgido de una fuerza distinta.

Y ahora ese hombre era Arturo Núñez.

Debe haber momentos en la vida pública en que el presente adquiere de pronto el peso de todos los años que fueron necesarios para alcanzarlo. Para Núñez, la victoria de 2012 tenía inevitablemente una dimensión semejante. Ahí estaba finalmente la gubernatura buscada mucho tiempo atrás, pero llegaba por una puerta que entonces habría resultado imposible imaginar. No vestía los colores con los que había comenzado su carrera. No era recibido como continuador de una cadena, sino como responsable de interrumpirla.

La victoria tenía también una ironía personal difícil de ignorar. El hombre que había estudiado durante años las condiciones necesarias para hacer posible la competencia electoral terminaba beneficiándose de la maduración de ese mismo proceso. Ya no se trataba de discutir fórmulas ni de observar resultados desde una responsabilidad institucional. Ahora su nombre estaba impreso en la boleta y eran otros quienes contaban los votos que lo convertirían en gobernador.

Pero ganar una elección y gobernar son dos oficios profundamente distintos.

La noche de la victoria pertenece a la emoción. Gobernar comienza cuando se apagan las luces.

Entonces desaparecen los discursos pronunciados frente a las multitudes y aparecen expedientes, nóminas, hospitales, carreteras, escuelas, deudas, compromisos, presupuestos y una administración que no se transforma simplemente porque cambió el nombre de quien ocupa el despacho principal. La alternancia puede ocurrir en unas horas; modificar las inercias acumuladas durante décadas requiere mucho más que una jornada electoral.

Núñez asumió el gobierno de Tabasco el primero de enero de 2013. Recibió una entidad atravesada por severos problemas financieros y administrativos y señaló públicamente las condiciones en que encontraba las finanzas estatales. El comienzo de su administración estuvo marcado por la confrontación con la herencia recibida y por las investigaciones relacionadas con el manejo de recursos del gobierno anterior. Aquella transición, que en las urnas había significado la llegada de una nueva fuerza, adquirió rápidamente una dimensión mucho más áspera cuando hubo que abrir cajones, revisar cuentas y determinar qué podía hacerse con el gobierno real que había quedado detrás de la ceremonia.

La historia había concedido a Arturo aquello que durante años había buscado.

Ahora comenzaba a cobrarle el precio de ejercerlo.

*EL PODER VISTO DESDE LA SILLA QUE TANTO HABÍA BUSCADO

Gobernar Tabasco significaba además enfrentarse a una entidad particularmente compleja. La riqueza petrolera había producido durante décadas una relación contradictoria con el desarrollo. Debajo de la tierra existía una enorme fuente de recursos; sobre ella persistían desigualdades, rezagos y una economía profundamente sensible a las decisiones de una industria cuyo destino se definía muchas veces lejos del estado. A eso se sumaban inundaciones recurrentes, infraestructura vulnerable, demandas sociales acumuladas y una cultura política donde las expectativas sobre el gobierno podían ser tan grandes como la decepción cuando esas expectativas no encontraban respuesta.

Arturo Núñez llegó al cargo con una enorme experiencia política. Pero ninguna experiencia anterior podía sustituir la realidad cotidiana de gobernar. Coordinar diputados permite negociar una ley; gobernar obliga a enfrentar simultáneamente cientos de problemas que no esperan a que termine la reunión anterior. Conducir una institución electoral exige administrar procedimientos definidos; un gobierno estatal recibe todos los días aquello que la sociedad no pudo resolver en ninguna otra parte.

La gubernatura fue, por ello, una etapa mucho más contradictoria de su biografía. Hubo acciones de gobierno, reformas y decisiones que sus partidarios reivindicarían; también crecieron inconformidades, cuestionamientos y críticas que terminaron acompañando su salida. Sería un error convertir estos años en una celebración destinada a proteger al personaje. Una crónica biográfica pierde su valor cuando confunde cercanía con indulgencia. Núñez había alcanzado el cargo que durante tanto tiempo había deseado y, precisamente por eso, su desempeño debía quedar expuesto a la misma severidad con la que él había examinado durante años las responsabilidades de otros.

El poder posee una crueldad particular: permite imaginar durante mucho tiempo lo que haríamos con él y después nos obliga a demostrarlo.

Durante seis años Arturo dejó de ser el negociador que podía atribuir el resultado final a un acuerdo colectivo, el legislador que compartía decisiones con una bancada o el funcionario electoral protegido por procedimientos institucionales. En Tabasco la responsabilidad terminaba inevitablemente llegando a su escritorio. Un gobernador puede delegar tareas, pero no puede delegar completamente el juicio que la sociedad hará de su gobierno.

Y ese juicio no fue uniforme.

Para unos quedó el hombre que hizo posible la primera alternancia estatal y recibió una administración en condiciones extremadamente difíciles. Para otros, las expectativas depositadas en aquel cambio fueron mayores que los resultados alcanzados. Hacia el final del sexenio aparecieron además señalamientos y controversias sobre las finanzas públicas y el cierre administrativo que formarían parte de la discusión alrededor de su legado. La historia de un gobernante no puede escribirse solamente desde el día en que levanta la mano para celebrar la victoria; también debe observarse cuando entrega las llaves y los ciudadanos hacen cuentas.

Tal vez ahí se encuentre una de las ironías más duras de la trayectoria de Arturo Núñez. Había dedicado una parte importante de su vida a estudiar cómo hacer posible que el poder cambiara de manos. En Tabasco consiguió demostrar que podía cambiar.

Lo que vino después planteaba una pregunta distinta.

¿Basta la alternancia para producir el cambio que la sociedad imaginó cuando votó por ella?

La respuesta nunca pertenece por completo a un gobernador ni a sus adversarios. Se construye lentamente entre resultados, recuerdos, decepciones y obras que sobreviven al discurso. El tiempo termina retirando la propaganda de vencedores y vencidos hasta dejar algo mucho más difícil de manipular: la distancia entre lo prometido, lo posible y lo realizado.

Cuando Arturo Núñez entregó el gobierno el 31 de diciembre de 2018, Tabasco ya era políticamente otro. El PRI no había regresado. Tampoco lo sucedería el PRD. Una fuerza distinta, Morena, había irrumpido con una potencia extraordinaria y llevaría a Adán Augusto López Hernández a la gubernatura.

Núñez había llegado para romper una continuidad de más de ocho décadas y terminó entregando el poder en un estado donde ninguna continuidad parecía ya garantizada.

Ésa quizá fue su victoria histórica más profunda y también su paradoja: abrió una puerta que después ya no perteneció a quien la había abierto.

El poder había aprendido a cambiar de manos.

Ahora faltaba saber cómo recordaría Tabasco al hombre que hizo posible aquel primer relevo.

CUANDO LOS CARGOS SE QUEDAN ATRÁS

*DESPUÉS DEL ÚLTIMO DESPACHO

Un día ocurre algo que durante décadas parecía imposible: el teléfono deja de sonar con la misma urgencia. Ya no hay una reunión esperando detrás de la siguiente, ningún coordinador pregunta cuántos votos faltan, los documentos dejan de llegar con la palabra urgente en la primera página y el automóvil puede atravesar la ciudad sin que cada minuto de retraso altere una agenda. El poder, que durante años parecía ocupar todos los espacios de la vida, comienza a retirarse. Primero desaparecen los horarios. Después las ceremonias. Más tarde los hombres que rodeaban al cargo encuentran otros despachos, otros jefes, otras causas. Y finalmente queda una pregunta que ningún nombramiento puede responder: quién era el hombre cuando ya no existe el puesto que durante tanto tiempo apareció junto a su nombre.

Arturo Núñez Jiménez llegó a ese territorio después de medio siglo de vida pública. Había conocido demasiadas habitaciones del Estado como para conservar una visión ingenua de él. Había visto presidentes llegar rodeados de una fuerza que parecía inconmovible y marcharse seis años después convertidos en pasado; había contemplado ascensos fulgurantes y caídas que nadie había previsto; había visto partidos celebrar victorias que consideraban definitivas para descubrir, unos años más tarde, que las urnas no reconocen derechos de propiedad. También conoció personalmente la diferencia entre aspirar, perder, esperar, romper, volver a competir, ganar y finalmente entregar aquello que alguna vez se deseó con todas las fuerzas.

Cuando se retiran los cargos queda la memoria. Y en Arturo la memoria nunca fue un almacén silencioso. Es una habitación llena de puertas.

Basta mencionar un nombre para que encuentre una fecha; una fecha conduce hacia una circunstancia y la circunstancia termina recuperando una conversación que parecía extraviada treinta años atrás. Su memoria posee además algo que la vuelve particularmente seductora: no está construida solamente con los grandes acontecimientos. Conserva gestos, frases, personajes secundarios, ironías, pequeñas escenas que permiten comprender que la historia política no fue protagonizada por estatuas, sino por seres humanos capaces de discutir durante horas un artículo constitucional y, terminada la reunión, contar un chiste.

Tal vez por eso conversar con Arturo puede convertirse en una forma de viajar sin darse cuenta.

Las horas pierden peso.

El pasado vuelve a tener voz.

*TODO LO QUE NO APARECE EN UN CURRÍCULUM

Si alguien leyera solamente la relación de cargos ocupados por Arturo Núñez encontraría material suficiente para describir una carrera excepcionalmente extensa. Pero no encontraría necesariamente al hombre. Los currículums poseen esa limitación: registran cuándo alguien llegó a un puesto y cuándo salió de él, pero son incapaces de decir cómo trataba a las personas cuando cerraba la puerta del despacho.

Yo conocí esa otra dimensión.

Recuerdo al coordinador que podía ejercer autoridad sin convertirla en distancia. Recuerdo las conversaciones que se prolongaban mucho más de lo previsto y, por supuesto, aquellas reuniones en Coyoacán donde el dominó permitía durante unas horas dejar a México fuera de la puerta. Recuerdo al hombre que disfrutaba los chistes de Verdaguer y sabía contarlos con el tiempo exacto para que el remate llegara cuando tenía que llegar. Hay personas que cuentan un chiste para demostrar que son graciosas; Arturo lo hacía por el placer de compartir la risa.

El tiempo modifica también la manera en que recordamos a quienes conocimos en el poder. Mientras ocupan un cargo tendemos a mirarlos desde la dimensión de sus decisiones. Muchos años después empiezan a regresar detalles que entonces parecían menores y terminan resultando más persistentes que algunos discursos. Una sobremesa. Una llamada. Una conversación sin prisa. La cortesía con alguien que no tenía nada que ofrecer. La capacidad de escuchar cuando no había cámaras enfrente.

En mi memoria permanece especialmente aquel trato cálido y educado que no necesitaba distinguir jerarquías a cada momento. Arturo podía conversar extensamente porque poseía curiosidad y porque detrás del político existía un hombre al que verdaderamente le interesaban las historias. Su inteligencia no necesitaba manifestarse aplastando la conversación. Podía utilizarla para enriquecerla.

Eso explica quizá una parte del afecto que consiguió despertar entre quienes fuimos sus diputados. El respeto institucional puede obtenerse mediante un nombramiento. El cariño no.

El cariño tiene que ganarse.

Y sobrevive mucho más tiempo que los cargos.

A estas alturas de la vida, cuando tantos protagonistas de aquellas décadas han desaparecido y otros pertenecen ya a una historia que las nuevas generaciones conocen solamente por fotografías, Arturo puede mirar hacia atrás y descubrir algo que muy pocos políticos tienen oportunidad de contemplar: casi todos los mundos políticos en los que vivió terminaron desapareciendo.

Desapareció el PRI invencible de su juventud. Desapareció la Presidencia capaz de ordenar prácticamente toda la vida interna de ese partido. Desapareció la Cámara donde una sola fuerza podía decidir por sí misma. Desapareció el país donde organizar una elección era una responsabilidad esencialmente gubernamental. Incluso el PRD al que llegó después de abandonar el priismo terminó perdiendo gran parte de la fuerza nacional que tuvo durante los años en que Núñez militó en él.

Las instituciones permanecen, pero las épocas mueren.

Y él alcanzó a atravesar varias.

*EL HOMBRE Y SUS CONTRADICCIONES

Sería demasiado sencillo terminar esta historia convirtiendo a Arturo Núñez en una estatua. Las estatuas no dudan, no se equivocan, no pierden elecciones, no cambian de partido, no gobiernan bajo presión y jamás decepcionan expectativas. Los seres humanos sí. Y precisamente por eso resultan infinitamente más interesantes.

Su trayectoria contiene contradicciones que no necesitan ocultarse para reconocer su dimensión. Se formó en el partido hegemónico y terminó enfrentándolo. Participó en la construcción de instituciones destinadas a fortalecer la competencia y después regresó a competir. Conoció el poder federal desde dentro y terminó encabezando una oposición estatal. Buscó durante años gobernar Tabasco y, cuando finalmente lo consiguió, descubrió que alcanzar una aspiración no garantiza salir indemne del juicio que comienza al ejercerla.

Habrá quienes recuerden principalmente al reformador electoral. Otros conservarán al legislador. En Tabasco inevitablemente permanecerá el gobernador, con los claroscuros, controversias y juicios encontrados que acompañan a cualquier ejercicio real del poder. Algunos recordaremos también al amigo, al coordinador, al hombre sentado frente a las fichas de dominó.

Ninguna de esas memorias posee por sí sola a Arturo Núñez.

Todas juntas se acercan más.

Porque una vida pública de tantas décadas no puede reducirse a una victoria ni condenarse por una decepción. Hay que observar el trayecto completo: el joven tabasqueño que llegó a la UNAM; el funcionario que descubrió una vocación por los asuntos electorales; el negociador paciente; el responsable de una institución sometida a una prueba extraordinaria; el coordinador que recibió una Cámara sin mayoría; el priista que descubrió que su partido ya no era el lugar donde quería permanecer; el senador opositor; el candidato que regresó por aquello que alguna vez se le había negado; el gobernador que produjo una alternancia histórica y también el hombre que tuvo que entregar su administración al escrutinio inevitable de quienes vinieron después.

Pero para mí existe además otra imagen.

No ocurre en Palacio de Gobierno.

No ocurre en Gobernación.

Tampoco en San Lázaro.

Ocurre alrededor de una mesa.

Hay fichas de dominó. La conversación se ha prolongado mucho más de lo previsto. Arturo recuerda alguna historia, prepara uno de aquellos chistes de Verdaguer y quienes estamos ahí sabemos que probablemente faltan horas antes de que termine la noche. Afuera continúa ese país feroz que convierte aliados en adversarios, reparte victorias provisionales y termina quitándoles a todos aquello que alguna vez creyeron poseer.

Adentro, por un momento, no importa quién manda.

Quizá el tiempo termine haciendo eso con el poder. Le va retirando escoltas, oficinas, títulos y ceremonias hasta obligarnos a mirar lo único que verdaderamente puede permanecer: la huella humana que dejamos en quienes compartieron una parte del camino.

Yo conocí a Arturo Núñez desde la política, pero los años me enseñaron a recordarlo más allá de ella.

Y después de tantas elecciones, reformas, derrotas, victorias y despedidas, quizá ésa sea una de las pocas formas de poder que ningún relevo puede arrebatarnos: seguir ocupando un lugar en la memoria de los otros.

Hoy Arturo sigue ahí, de pie frente a sus días, con proyectos, inquietudes y esa energía serena de quien todavía tiene razones para levantarse mirando hacia adelante. Y para quienes hemos tenido el privilegio de caminar algún trecho cerca de él, hay una alegría difícil de explicar sin tocar el territorio del afecto: saberlo pleno, saberlo activo, saber que la vida todavía le guarda mañanas. Después de todo lo vivido, quizá no haga falta decir mucho más. A veces la amistad también consiste en mirar al otro después de tantos años y agradecer, silenciosamente, que el camino todavía nos permita encontrarnos.

Y celebrar que sigue aquí.